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Por Harold Olmos

Fue una sorpresa muy grata haber sido invitado a participar en la ceremonia de entrega de estos  ejemplares de formidable contenido y elegante impresión, con los que la Casa de la Cultura de Santa Cruz  refuerza las publicaciones que hacen honor a los 450 años de la Fundación de esta ciudad.  Son esfuerzos como este que nos congrega los que mejor homenaje expresan hacia quienes tuvieron el coraje de emprender la aventura de fundar y construir esta ciudad en el centro geográfico de América del Sur.
Es un lugar común afirmar que los pueblos que no se esfuerzan por divulgar su propia historia cometen una grave omisión, pues ocultan sus éxitos y fracasos, hazañas y sinsabores, y dejan en la oscuridad a las generaciones por venir. Ese no es el caso de Santa Cruz que, como lo estamos presenciando, no esconde la cabeza ante su historia.  Por eso es un mérito adicional notable el haber inscrito en esta colección obras como las que esta noche son presentadas a ustedes.
Concebí estos minutos como un desafío muy grande. Poder en un espacio de tiempo tan estrecho hablar de un rico racimo de obras sobre Santa Cruz  parecía una hazaña excesivamente cuesta arriba.
Poco a poco, a medida que hojeaba las obras, percibí que estaba ante un conjunto de lecturas no solamente deliciosas por su forma y contenido sino ampliamente instructivas. Pienso que este logro las hace acreedoras de un reconocimiento, cuya mejor manifestación deberá ser que no estén ausentes en ninguna de las bibliotecas de universidades, colegios, centros de estudio e instituciones locales, regionales y nacionales. Las cuatro obras que esta noche he honro en presentar a Uds., constituyen bloques de conocimientos sobre cómo se forjó esta ciudad y cómo emergió esta región. Si se quiere saber cómo surgió Santa Cruz, estas obras son piedras fundamentales que no es posible ignorar. 
De ellas, la Historia de la Conquista del Oriente Boliviano, de Finot, es una reedición, que incluye un estudio de Alcides Parejas Moreno;  los Cronistas cruceños del Alto Perú Virreinal es también una reedición; la Historia del Teatro en Santa Cruz, de René Hohenstein, tiene su bautizo esta noche,  y como corona de este trío, viene el Santa Cruz era una Fiesta, una nueva antología que recopila crónicas de viajeros, compilada por Parejas Moreno. 
Es gracias a la iniciativa de la Fundación Cultural ITOS, y al apoyo del Grupo Editorial La Hoguera, y del gobierno municipal de Santa Cruz que ellas realizan su ingreso bibliográfico bajo el nombre de Colección 450 años, como un homenaje a la fundación de la ciudad.
En el centro de estos bloques de historia, arduamente trabajados en su edición para poder llevarlos hasta el público, resplandece por su enorme aporte histórico la obra  de Enrique Finot. Son, por eso, justificados los elogios que hace de la figura de Finot el editor de la colección, Parejas Moreno, en cuyo empeño ella se ha gestado y cuya convocatoria me ha traído hasta aquí.
La llegada de estas obras ocurre  en un momento oportuno, cuando en la cuidad y en la región se percibe la necesidad de renovar la valoración de su historia y de su identidad, asociadas a la misma raíz de la que emergieron todos sus demás hermanos, incluso los que partieron para convertirse en parte de la soberanía de otros. Dice Alcides Parejas, en el estudio con el que introduce el trabajo magistral de Finot, que “la gobernación de Santa Cruz de la Sierra y, por tanto, su ciudad capital, surgieron a la historia directamente vinculadas a la Audiencia de Charcas”. De seguidas, en una frase aún más incisiva, expresa:  “…los orígenes de la nacionalidad boliviana hay que buscarlos a partir de la incorporación de los llanos orientales a la Audiencia de Charcas, con la creación de la Gobernación de Moxos, la cual se afirma con la fundación de Santa Cruz de la Sierra”.  Es decir, digámoslo claro, Bolivia pudo forjarse y emerger como nación porque Santa Cruz estaba en la raíz de ese proyecto.
Ñuflo de Chávez y sus compañeros lograron no solamente fundar “la ciudad de los llanos, la más interior y mediterránea” de las fundadas por los españoles, sino que también emprendieron una misión civilizatoria, dice el prólogo de “Cronistas Cruceños”. De inmediato agrega: “Aunque no se siguiese otro interés más que poblar y desencantar la tierra, era un gran servicio a su majestad, porque de este bien resultaría que otros no se perdiesen”.
Estas obras permitirán al lector ingresar a ese mundo fascinante y peligroso de hace cuatro siglos y medio, y podrán imaginarse las peripecias que sufrieron quienes fueron llevados por ese … mantra, dirían ahora, poblar y desencantar la tierra. Esas peripecias tuvieron un capítulo trágico con la muerte de Chaves en manos de indígenas del Chaco, siete años y medio después de fundar Santa Cruz de la Sierra e inmortalizar su tierra natal extremeña.
EL pasar de los años y los siglos, las migraciones e inmigraciones, no ha cambiado el carácter emprendedor del cruceño, ni la  belleza de las jóvenes que gratamente sorprende a quienes la visitan.
Las obras de esta colección son un solaz de buena lectura que honra a quienes las seleccionaron y dice mucho de ellos. Por ejemplo, la descripción de d’Orbigny sobre Santa Cruz, durante el tiempo que permaneció aquí, en la tercera década del siglo antepasado, realizando un trabajo encomendado por la Sociedad de Estudios Geográficos de su país. Uno no deja de asombrarse cuando nos habla de la gracia y belleza de sus mujeres, de la caballerosidad de los hombres, y de la vida aparentemente diáfana de esos tiempos. Nadie podrá decir que este formidable cronista estaba errado cuando, decía:
“Gentiles en la vida social y muy espirituales por naturaleza, tienen la réplica pronta de las meridionales y una conversación tanto más vivaz por sentirse libres de las severas inconveniencias que encadenan a nuestras damas europeas. Dicen todo lo que piensan con el candor más original”.
El ambiente diario parece retratarse en el siguiente párrafo de Lewis Herdnon y Larner Gibbon:
“Cualquier ropa delgada y sábanas que requiera la familia son proporcionadas por la tierra, trabajada en tela fina por los indios que hilan, tejen y cosen. AL metal de plata no le dan valor, excepto en el uso de la mesa. Onzas de oro se funden en cruces y aretes para uso de las indias jóvenes”.
También podemos encontrar pasajes que nos dan algunas luces sobre los orígenes de la frase sobre la hospitalidad del cruceño, tan amplia que es su ley. Escuchemos este pasaje de una comisión italiana encabezada por Guido Bennatti y Vicenzo Logato:
“…dudamos que exista un pueblo más hospitalario que el cruceño. Hemos viajado por Escocia; hemos abrigado nuestras cabezas bajo la tienda del árabe, pueblos citados con razón como hospitalarios por excelencia. Pero en ninguna parte hemos visto recibir al extraño, al viajero, con el cariño sencillo, discreto y cortés que en la provincia de Santa Cruz…”
Entusiasma la buena y laboriosa recopilación de los trabajos de este fecundo manojo. Bajo un lenguaje simple, raras veces barroco,  el lector se pasea por una veintena de autores, muchos de los cuales, lo confieso, personalmente desconocía. Y sin embargo cada una de las visiones que nos trae este conjunto de autores es una invitación a la imaginación y a evocar un nostálgico pasado. De Francisco de Viedma y Narvaez a Ciro Bayo y Segurola, todos nos traen imágenes vivas de esa Santa Cruz de un ayer distante. A principios del siglo diecinueve, el sueco Erland Nordenskiold nos decía lo que ahora nos parecería obvio al evocar esos tiempos: “Con seguridad, en toda América no hay un lugar tan grande que esté tan alejado y tan apartado de buenas vías de comunicación”.  Y entonces aseguraba:  “Santa Cruz de la Sierra es una ciudad que tiene mucho futuro. Está en una región con grandes posibilidades de desarrollo, pero sólo tendrá verdadera importancia cuando se construya el ferrocarril desde Argentina por Yacuiba y se abran otras líneas férreas hasta el rio Paraguay, hasta Cochabamba, y hasta Las Juntas sobre el Rio Grande. Entonces Santa Cruz será el punto de apoyo del desarrollo de una región inmensa en el interior de Sudamérica…” 
En la época en que esto fue escrito, aún ni se  había pensado en el Memorándum de 1904, que gritaba la necesidad que tenía Bolivia, de articular sus regiones orientales con el resto del país y con la Cuenca del Plata, para prevenir nuevas agresiones y pérdidas territoriales.  Los postulados de ese memorándum no eran jalados de los cabellos sino que correspondían a una realidad urgente ya vista casi un siglo antes.
Hohenstein nos ayuda a recorrer didácticamente en el tiempo el forjamiento del teatro en Santa Cruz, con gran parte de los nombres, algunos de ellos todavía frescos en nuestra memoria, que levantaron ese arte hasta niveles que hoy nos parecen joyas labradas por orfebres de la palabra y del gesto.
Ustedes encontrarán en este cuarteto luces intensas que ayudan a comprender  la naturaleza cruceña y oriental. Sobre todo, podrán recorrer el pasado con la mirada de la imaginación y reconocer las enormes dificultades con las que fue surgiendo esta urbe que ahora, al llegar a sus 450 años, no es segunda de ninguna en la nación de cuya fundación fue vital. No lo digo gratuitamente. Retrotraigámonos al pasado inmediato y examinemos lo que en enero de 1961 decía Walter Suárez Landívar, rector de la Universidad Gabriel René Moreno, cuando se produjo la primera edición de una de las obras ahora presentadas y Santa Cruz llegaba a los cuatrocientos años:
“Circunstancias ajenas al sentimiento y a la voluntad del pueblo cruceño, que debo y quiero pasar por alto, han hecho que la llegada a este aniversario de cuatro centurias encuentre a Santa Cruz no solamente en condiciones materiales de atraso, sino también en un clima que no es el propicio para dar libre expresión a los espíritus”.
Esos años eran una época difícil, cuando el desánimo cundía entre los hijos de esta tierra. Acababa de ocurrir Terebinto y sus llagas aún palpitaban. Pero cincuenta años más tarde, yo diría que la primera afirmación, si fuese dicha hoy,  difícilmente encontraría asidero.  Suscribiría, en cambio, la segunda: Hay un clima que no es el propicio para dar  libre expresión a los espíritus.
Pasemos por alto este punto y volvamos al primero. Creo que a ojos de cualquier observador, especialmente de alguien como quien les habla, que conoció Santa Cruz muy poco después del cuarto centenario, es evidente que la ciudad y el departamento han dado saltos notables. Cincuenta años después, en la celebración de sus 450 años, encuentro a una ciudad robusta y, pese a los sobresaltos, segura de que su destino es estar en la vanguardia del país de cuyo forjamiento estuvo en la raíz.
Recuerdo que sólo  un par de décadas después del cuarto  centenario, un colega mío escribía una nota sobre Santa Cruz en el diario El Nacional de Caracas y la titulaba: “Una región de vencedores”.  Eran los días en que iniciaba operaciones el Aeropuerto de Viru Viru, el más grande del país,  y cuando la inflación corría como un huracán. Sin embargo, Santa Cruz le hacía frente con lo mejor que siempre tuvo: trabajo duro e intenso. Esta Santa Cruz urbana y rural de hoy poco tiene que ver con el pasado de atraso que la caracterizaba. Falta mucho, es cierto, pero la ciudad que fundó Ñuflo de Chaves está superando sus deficiencias, con su propio esfuerzo.
Sin llegar al desborde de uno de los autores incluidos en esta serie, quien dijo que en Santa Cruz se decidirá algún día el destino del continente, es posible asegurar que en esta tierra yace el presente y el futuro de una Bolivia próspera, moderna e incluyente. Los números lo dicen y nuestros ojos lo ven.
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Encántense con las obras de esta colección. Felicidades, Santa Cruz. Muchas gracias al incansable editor Alcides Parejas, a la Fundación ITOS y a la casa editorial La Hoguera. Felicidades a la alcaldía por su patrocinio.  Muchas gracias a todos ustedes.

 

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