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Por Gabriel Chávez Casazola

Santa Cruz era una fiesta.  No hablo (solamente) del septiembre que acaba de pasar, mes que cada año trae a estas tierras, de la mano del retorno del calor y del aroma húmedo del trópico, un epifánico despertar, re/sucitar, de los sentidos.   No.  Hablo de que acaso fue una fiesta siempre o casi siempre, mucho tiempo antes de que se haya convertido en lo que es ahora.  O, al menos, esa es la sensación que nos deja la lectura de un libro que lleva por título precisamente este: Santa Cruz era una fiesta (La Hoguera, 2011).
Se trata de una antología de crónicas de viajeros -a la manera de las que preparó Mariano Baptista Gumucio sobre otras ciudades del país-, cuya selección e introducción fue confiada por los editores al historiador Alcides Parejas, como parte de una colección de libros publicados con motivo del 450 aniversario de fundación de la capital cruceña. Y se trata, sobre todo, de una antología que sin dejar de ser amena, permite a la vez una lectura aguda y reflexiva, pues los textos que la integran, y que son las miradas de casi una veintena de viajeros que llegaron a Santa Cruz de la Sierra entre los siglos XVIII y XX, proyectan luces nuevas, incluso algunas sorprendentes, sobre la ciudad del siglo XXI, su estilo de vida y el espíritu de sus habitantes.
El uruguayo Mario Benedetti escribió en La casa y el ladrillo que “es útil recordar / que el ahora ya estaba germinando en el antes; / que el ahora integral sólo pudo formarse / con pedazos de antes / y de antes de antes".  Son los antes y los antes de antes de Santa Cruz los que podemos atisbar entonces en este volumen, asomándonos a la población risueña y apacible que encontraron y conocieron Alcides D’Orbigny, Francis de Castelnau, Mauricio Bach, Ciro Bayo (el inefable Ciro Bayo), Erland Nordenskiöld, Percy Fawcett, Ciro Torres López y varios otros peregrinos (o exploradores, o pioneros, o flâneurs) que pasearon por sus calles de arena y corredores que resguardan del sol y de la lluvia.
En el contraste, en la cesura entre aquella Santa Cruz y ésta, en su diferencia –que da cuenta del vertiginoso salto a la modernidad del último medio siglo, con toda la contabilidad de lo ganado y lo perdido en el proceso-, pero también en el juego de espejos, en las semejanzas, en cuanto se ha conservado semper idem, en los hilos que reúnen a aquella y a esta ciudad, a aquellos que vivían en ella y a quienes lo hacemos ahora, radica el principal interés de esta lectura.
Así, la despreocupada apoliticidad de los cruceños de otrora, su vida dulce, su elegir reinas ya en el corazón del XIX, su corazón ancho y abierto como sus patios con aljibe, su habitar en una “república de mujeres” (bellas y llanas, como el declive de una orilla), pero también su determinación de ser Bolivia pese a Bolivia (pues los viajeros lo ven todo, también lo que no existe, como los caminos y los trenes ausentes), su “escepticismo sonriente y trágico” provocado por el aislamiento geográfico y espiritual, incluso su “crueldad” con los indígenas y hasta la forma de asustar de sus espectros.  El antólogo no ha escamoteado nada de lo que dijeron los viajeros haber visto y vivido. Todo ello consta en estas páginas y da cuenta de lo que fue, pero también, de alguna secreta manera y tal como lo proponía Benedetti, de lo que hoy es. “El ahora integral sólo pudo formarse / con pedazos de antes / y de antes de antes”, para ganancia o pérdida, decía más arriba.  
Y aquí es posible cerrar este comentario tomando una cita de D’Orbigny de la crónica incluida en Santa Cruz era una fiesta: “Lejos de sentirme incómodo por el simple moblaje de las habitaciones cruceñas, casi me regocijaba encontrar esa sencillez, pensando en las transformaciones que sufrirían las virtudes hospitalarias de la población cuando conozca las mil y una necesidades que el lujo y la molicie introdujeron en nuestras ciudades. Entonces, con innumerables necesidades que ignoran hasta el presente, su existencia será menos fácil, sus gastos habrán de centuplicarse, las diferencias de fortuna se harán sentir y acarrearán rivalidades tendientes a endurecer sus corazones e inspirarles el frío egoísmo que envenena nuestros centros civilizados. ¿Serán entonces más felices los cruceños? Lo dudo; quizás añoren esta sencillez que los nivela y aumenta sus recursos en la medida de todas las necesidades que no tienen”.

 

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