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La editorial La Hoguera se prepara para la feria del libro


 

-        El encuentro ferial se realizará entre el 31 de mayo y el 10 de junio. La Hoguera presentará 9 libros y además dará una serie de conferencias.

A sólo 15 días para que comience la fiesta de las letras, las editoriales y los libreros ya se están preparando para la XIII Feria Internacional del Libro de Santa Cruz.

Un ejemplo es el Grupo Editorial La Hoguera, que aunque no quiere adelantar mucho de las sorpresas que publicará ha manifestado que ofrecerá nueve presentaciones.

“Tendremos nueve libros de diferentes géneros: ensayo, autoayuda, novela, cuento y poesía, de autores con trayectoria y también nuevos escritores”, comentó Mauricio Méndez, director de la editorial cruceña. Asimismo, Méndez dijo que dos de los nueve autores son nuevos.

Además de estas presentaciones, La Hoguera está organizando una serie de conversatorios y actividades.  Ocho autores tendrán encuentros con estudiantes de diferentes colegios, en los cuales hablarán sobre sus libros. Los autores que forman parte de este programa son: Alcides Parejas Moreno, María Celia Sanabria, Fernando Canedo, Iván Gutiérrez, Paz Padilla, Blanca Elena Paz y Carlos Hugo Molina. Por otro lado, la editorial presentará el conversatorio “Acoso escolar” a cargo del psicopedagogo Erick Araúz. Asimismo la editorial hará entrega de los premios intercolegiales de Teatro “Lean cuantos quieran” y será parte de las jornadas pedagógicas que organiza la Cámara del Libro con la conferencia: “Soluciones prácticas para la elaboración de un proyecto socio-comunitario-productivo”.

Entre las novedades de La Hoguera también están los libros que se han presentado este año como el libro de cocina “Doña Piedades para niños” de Lucía y Carola Parejas; los cuentos infantiles  “El elefante de jardín”, “La guerra de Fabián” de Paula Benedict; el libro de cuentos “Teorema” de Blanca Elena Paz y el texto “Competencias textuales” de María Pía Franco y Patricia Alandia.

Fuente: Grupo Editorial La Hoguera

 
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Por Gabriel Chávez Casazola

Santa Cruz era una fiesta.  No hablo (solamente) del septiembre que acaba de pasar, mes que cada año trae a estas tierras, de la mano del retorno del calor y del aroma húmedo del trópico, un epifánico despertar, re/sucitar, de los sentidos.   No.  Hablo de que acaso fue una fiesta siempre o casi siempre, mucho tiempo antes de que se haya convertido en lo que es ahora.  O, al menos, esa es la sensación que nos deja la lectura de un libro que lleva por título precisamente este: Santa Cruz era una fiesta (La Hoguera, 2011).
Se trata de una antología de crónicas de viajeros -a la manera de las que preparó Mariano Baptista Gumucio sobre otras ciudades del país-, cuya selección e introducción fue confiada por los editores al historiador Alcides Parejas, como parte de una colección de libros publicados con motivo del 450 aniversario de fundación de la capital cruceña. Y se trata, sobre todo, de una antología que sin dejar de ser amena, permite a la vez una lectura aguda y reflexiva, pues los textos que la integran, y que son las miradas de casi una veintena de viajeros que llegaron a Santa Cruz de la Sierra entre los siglos XVIII y XX, proyectan luces nuevas, incluso algunas sorprendentes, sobre la ciudad del siglo XXI, su estilo de vida y el espíritu de sus habitantes.
El uruguayo Mario Benedetti escribió en La casa y el ladrillo que “es útil recordar / que el ahora ya estaba germinando en el antes; / que el ahora integral sólo pudo formarse / con pedazos de antes / y de antes de antes".  Son los antes y los antes de antes de Santa Cruz los que podemos atisbar entonces en este volumen, asomándonos a la población risueña y apacible que encontraron y conocieron Alcides D’Orbigny, Francis de Castelnau, Mauricio Bach, Ciro Bayo (el inefable Ciro Bayo), Erland Nordenskiöld, Percy Fawcett, Ciro Torres López y varios otros peregrinos (o exploradores, o pioneros, o flâneurs) que pasearon por sus calles de arena y corredores que resguardan del sol y de la lluvia.
En el contraste, en la cesura entre aquella Santa Cruz y ésta, en su diferencia –que da cuenta del vertiginoso salto a la modernidad del último medio siglo, con toda la contabilidad de lo ganado y lo perdido en el proceso-, pero también en el juego de espejos, en las semejanzas, en cuanto se ha conservado semper idem, en los hilos que reúnen a aquella y a esta ciudad, a aquellos que vivían en ella y a quienes lo hacemos ahora, radica el principal interés de esta lectura.
Así, la despreocupada apoliticidad de los cruceños de otrora, su vida dulce, su elegir reinas ya en el corazón del XIX, su corazón ancho y abierto como sus patios con aljibe, su habitar en una “república de mujeres” (bellas y llanas, como el declive de una orilla), pero también su determinación de ser Bolivia pese a Bolivia (pues los viajeros lo ven todo, también lo que no existe, como los caminos y los trenes ausentes), su “escepticismo sonriente y trágico” provocado por el aislamiento geográfico y espiritual, incluso su “crueldad” con los indígenas y hasta la forma de asustar de sus espectros.  El antólogo no ha escamoteado nada de lo que dijeron los viajeros haber visto y vivido. Todo ello consta en estas páginas y da cuenta de lo que fue, pero también, de alguna secreta manera y tal como lo proponía Benedetti, de lo que hoy es. “El ahora integral sólo pudo formarse / con pedazos de antes / y de antes de antes”, para ganancia o pérdida, decía más arriba.  
Y aquí es posible cerrar este comentario tomando una cita de D’Orbigny de la crónica incluida en Santa Cruz era una fiesta: “Lejos de sentirme incómodo por el simple moblaje de las habitaciones cruceñas, casi me regocijaba encontrar esa sencillez, pensando en las transformaciones que sufrirían las virtudes hospitalarias de la población cuando conozca las mil y una necesidades que el lujo y la molicie introdujeron en nuestras ciudades. Entonces, con innumerables necesidades que ignoran hasta el presente, su existencia será menos fácil, sus gastos habrán de centuplicarse, las diferencias de fortuna se harán sentir y acarrearán rivalidades tendientes a endurecer sus corazones e inspirarles el frío egoísmo que envenena nuestros centros civilizados. ¿Serán entonces más felices los cruceños? Lo dudo; quizás añoren esta sencillez que los nivela y aumenta sus recursos en la medida de todas las necesidades que no tienen”.

 
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LO RARO
Comentario del libro “Más allá del agujero negro” de Pablo Rivero
Por Paola R. Senseve T.
La palabra raro, según la Real Academia de la Lengua Española viene del latín rarus y puede referirse a lo siguiente: Dicho de algo o alguien que se comporta de un modo inhabitual. Extraordinario, poco común o frecuente. Escaso en su clase o especie. Insigne, sobresaliente o excelente en su línea. Extravagante de genio o de comportamiento y propenso a singularizarse.  Por ende, todo aquello raro se aprecia de sobremanera en el arte, porque tiene la capacidad de sorprender y de lograr arrancar emociones, sensaciones o arrebatos.
Tal vez lo raro comience como comienza el libro de Pablo (me permito citarlo):  A modo de suculento aperitivo propedéutico, con el filo de la razón, hermenéutico, rasgo el telón de esta ópera prima. Rasgado ya, rasgado por dentro, queda en evidencia, el vacío amoroso de quien lleva un Frankenstein en el corazón; entretanto, pongo en bandeja de platino para su provechosa degustación, orejas  fritas y ojos al vapor, bocadillos tónicos obtenidos de mis escogidas víctimas, con la debida anticipación, que se merece esta macabra reunión.
La prosa de Pablo está plagada de recursos poéticos como antítesis, anáforas, aliteraciones, metáforas, prosopopeyas, retruécanos, onomatopeyas, paradojas, y más. Aquí algunos hermosos ejemplos de la habilidad del autor en el manejo de dichos recursos:
“Aquí, a mí, préstame tu libertad para que por fin te la devuelva, más sana que salva, pero más salva, que una bala de mentira.”
“Realidad paralela a la realidad paralela que tiene una realidad paralela de su realidad paralela que, a su vez, es paralela, de esta realidad paralela”
“Juguemos a ser lo que somos, nada.”
“Todos para uno porque uno somos todos.”
“…Quisiera recorrer el mundo en un silbido, llevando mi libertad en el viento, volando deprisa hacia todas las direcciones posibles, buscando reconciliarme con el olvido, y renacer en el tiempo…”
Y de repente, luego de toda esa prosa, Pablo recurre al verso y sus palabras se estrechan como un riachuelo para volver a desembocar en el mar sin perder la cadencia que la caracteriza.
“Violeta vive en las nubes
y no quiere llover
solo quiere estar nublada”
Lo raro no es que palabras como suicidio, amor, soledad, locura, nada o dios, aparezcan repetidamente en este libro; lo raro es que figuren re significadas, manipuladas a tal punto que nada es lo que parece más allá del agujero negro.
Navegar por las aguas de estas letras se convierte en una experiencia inter disciplinaria, ya que tienen una banda sonora que mezcla canciones de los Roling Stones, de los Beatles, Nirvana, Michael Jackson, Bob Marley (entre paréntesis debo decir que todos ellos tan raros como Pablo). Y como la cosa todavía se puede poner más rara, ¡hasta Magneto con su “Vuela, vuela” y Jeannette con su “Corazón de poeta” acompañan esta lectura!
Pablóica, pablar, pablóMás allá del agujero negro, Pablo es un personaje, un nombre, un verbo, un adjetivo calificativo; es todo y es nada. Y claro, haciéndole un homenaje justo al absurdo, Nadie y Alguien también son personajes y admitámoslo, ellos sí son raros.
Un mar de palabras, una historia, unos protagonistas, un Pablo (autor y personaje) que es tan habitante del mundo globalizado y atemporal en el que sus lectores vivimos; es por eso que somos capaces de reconocer sus referencias: el Lobo feroz, Popeye y Olivia, Frankenstein, Pinky y Cerebro, La naranja mecánica, la Caperucita roja, Gasparín, el Kamasutra, Freud, Maquiavelo, Al Capone, Boca Juniors, Pelé, Ratones paranóicos y otros más; pero eso no es lo raro, porque en nuestras cabezas todo está mezclado de igual manera, pero en el agujero negro son metáforas de algo más profundo, de algo que evidentemente, está más allá.
Así que termino esta rara presentación, invitándolos a ir Más allá del agujero negro y parafraseando a Pablo: “A buen entendedor, más metáforas”
 
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PEQUEÑOS INSOLENTES DE FELIPE PAREJAS
Laura Escobari de Querejazu
Felipe tenía apenas cuatro años y ya sabía leer. Un día cuando visitaba a su madre, entró corriendo y le dijo “mamá qué quiere decir alfil”, y ella le respondió “a ver trae, qué estás leyendo”, entonces  Felipe trajo las instrucciones del ajedrez.  No me extraña entonces que ahora, a sus veinticinco, haya escrito este libro de cuentos.  Es más, en la dedicatoria dice “a mi padre que siempre creyó en mí y  me regaló libros en mi cumpleaños y a mi madre que me leyó todos los cuentos de la casa, una y otra vez”.
Felipe no leyó antes porque todavía las letras no entraban en su desarrollo, pero entonces su madre lo hizo por él, una y otra vez, una y otra vez.  Desde tan pequeño Felipe empezó a pensar en las cosas, en las palabras y las cosas, en cambiar el desenlace los cuentos de hadas, en la realidad y la ficción, en las posibilidades que le daba ese inmenso mundo de la imaginación que pusieron en sus manos sus padres y luego sus maestros.  Felipe ahora vuela solo, con maestría y rumbo definido, el de las Letras.
Pequeños Insolentes, es un libro para adultos, para quienes disfrutan el cuento en pocas líneas, donde ocurre un hecho dramático e intenso, muchas veces lleno de terror con desenlace fatídico.  El libro de Parejas atrae por su originalidad, el suspenso que crea y el mensaje que deja al lector.  Uno de ellos es aquel que por más de que los cuentos infantiles nos parezcan terroríficos, cambiar las atrocidades que ocurren solo traería letargo y aburrimiento.  Quizá lo terrorífico atraiga a los niños, y el suspenso y lo insólito atraiga a los mayores, porque nada más espantoso que un lobo que se come a la abuelita, o una vieja bruja que empuja a unos niños al horno, pero a los niños les gusta que se les cuente o lea una y otra vez, hasta sabérselos de memoria. A los mayores en cambio, nos atrae lo extraño, lo sorprendente. Así son los cuentos de Felipe Parejas, algunos de horror, otros son equívocos, como los de los ninjas intergalácticos, propios de su época.
La tapa del libro evoca un par de niños malcriados, pues sí, los cuentos de Felipe son contestatarios, los cuentos no son para niños, son para adultos a quienes sorprende lo abrupto del desenlace, lo mágico de la transformación de aquél guía de expedición arqueológica que se convierte en la propia momia que busca la expedición.  O cuando el cuento va rosa, la mujer es una horrorosa sirena.  Cada cuento en sí es una vivencia, un sobresalto, pero todos los cuentos juntos, inducen al pánico, que por su misma esencia emana una suerte de hechizo macabro. 
Por otro lado, hay detrás de los cuentos un pensamiento filosófico profundo. La Nada, de Revelaciones o los cuentos sobre su propio reflejo en el espejo, hacen detener al lector y sumirlo en reflexión, como cuando leemos “su reflejo se cansó de escucharlo”, o cuando el profesor de Exactas, concluye al final de su vida que “las matemáticas no sirven para nada”, son solo un ensayo intelectual, pues al final, en  el fondo de las cosas: solo hay una maraña de pensamientos.
Finalmente decir que la obra reúne todas las cualidades de excelencia del género cuentístico. Son pequeñas síntesis, son fugaces, con un solo personaje cuya intensidad  desata curiosidad en un corto mensaje y terminan en sobresalto, horror. El lector queda estupefacto, atraído e inmóvil.
 
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BAJOBANDERA 14
Un tributo necesario: Manuela Sáenz, ese legado de amor y ciudadanía
Ricardo Bajo H.

Carlos Hugo Molina tiene, desde hace tiempo, una teoría: Bolivia debe su nacimiento, entre otros factores, al amor de Manuela Sáenz y al sortilegio de sus palabras ascendentes sobre el Libertador Bolívar y la apuesta  por una patria nueva entre Lima y Buenos Aires. Bolivia es esa hija que Manuela y Simón jamás pudieron tener. Somos producto de un acto de amor. Entre un caraqueño y una quiteña. Poético, cursi, irreal, maravilloso. ¿Qué otra nación puede decir lo mismo?
“Bolivia debe su existencia a los triunfos militares contra los españoles, a los quince años de resistencia solitaria de mis hermanos que no cejaron en su persistencia, pero también a una entrega y unas palabras dichas con amor, mil veces más convincentes que el tronar de los cañones”, según escribe Molina. La “hija predilecta” de Bolívar nació del encuentro de dos amantes y así Bolivia llega a ser simplemente un “amor desenfrenado de libertad”.
Esta teoría está sustentada en el libro “Manuela, mi amable loca” (editorial La Hoguera, en su tercera edición, 2010) que se publicó por primera vez en 2001 (Eureka ediciones).  Carlos Hugo Molina, impulsor de la Participación Popular de “Goni”, ex prefecto de Santa Cruz, hincha de Blooming y adulador “voluntario y respetuoso” de la figura de Manuela Saenz pone su granito de arena en esa creciente popularidad de la quiteña que firmaba sus cartas hacia Simón Bolívar como “patriota y amante de usted”.
En esta nueva edición Molina suma nuevas cartas de Manuela hacia Simón. El libro basado en material histórico (la verdadera relación epistolar entre ambos personajes históricos se encuentra en Quito) y ficciones tiene como mejor acierto la voz de Joseph Miguel Justiniano, un vecino ex capellán de Santa Cruz que acompaña al Libertador y que con el paso del tiempo se convierte en confesor, amigo y confidente de Manuela. Amanuense fiel. Molina abandona esa voz narradora (ese testamento escrito en primera persona) que aparece en el primer capítulo (La puerta que se abre) y se deja engatusar por el romanticismo y patriotismo de las cartas reales e inventadas.
“Manuela, mi amable loca”, a parte de esa sugerente tesis histórica citada, es un libro de amor hacia la capitana Sáenz, amante, rebelde y guerrera: “Sin usted, Bolívar habría seguido siendo el Libertador de Naciones, enamoradizo hasta el cansancio, pero no el Amante Universal que sigue arrancando suspiros”, dice Molina extrañándose y exigiendo monumentos en nuestras ciudades hacia el amor de sus amores. “Es pues, amor y ciudadanía las que hemos heredado de usted, como patrimonio irrenunciable”, añade. “Bolívar, amante de Manuela”, (y no, al revés) dijo el año pasado en una reseña Carlos Mesa en el periódico Página Siete. “En materia de amor, la señora Manuela Sáenz era más grande, mucho más grande”, remata Molina.
Molina traza un retrato de una Manuela apasionada, irreverente, explosiva, atropelladora, sensual, tierna, audaz, transgresora, que rompe con los paradigmas de una sociedad patriarcal y sujeta a normas. “En sus cartas nos transmite la fórmula mágica: conjurar todo el sexismo, ganar todas las batallas y decirle a las mujeres que el pecado es una farsa, un límite inventado, que pretende acabar con el imaginario. Pero también es una mirada hacia la soledad, hacia ls tristeza de sus últimos días, olvidada, ignorada y abandonada por la historia y por la injusticia pasada.Amor sin tiempo, soledad sin fin.
Y junto al amor y la soledad, la pasión, el sexo anhelado. “Llueve, como pocas veces; como llovería yo si desatara mis recatos”, le dice Manuela a Simón en una de las cartas de Carlos Hugo Molina. O ésta: “Simón mío, espero verlo pronto. Reciba un beso que le cubra todo el cuerpo”.
La ciudad de Sucre, Charcas en aquella época, vió entrar a Simón Bolívar una mañana de diciembre de 1825 acompañado de una Manuela Sáenz (y sus dos amigas negras, Jonatan y Nathan) vestida con casaca azul, bombacho con cotaina blanca, brandemburgos de oro, vueltas y cuello rojos. ¡Cuánto daría por una máquina de tiempo y sentarme en la plaza para ver pasar a la Libertadora y a Simón, su amante!

 
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