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PEQUEÑOS INSOLENTES DE FELIPE PAREJAS
Laura Escobari de Querejazu
Felipe tenía apenas cuatro años y ya sabía leer. Un día cuando visitaba a su madre, entró corriendo y le dijo “mamá qué quiere decir alfil”, y ella le respondió “a ver trae, qué estás leyendo”, entonces  Felipe trajo las instrucciones del ajedrez.  No me extraña entonces que ahora, a sus veinticinco, haya escrito este libro de cuentos.  Es más, en la dedicatoria dice “a mi padre que siempre creyó en mí y  me regaló libros en mi cumpleaños y a mi madre que me leyó todos los cuentos de la casa, una y otra vez”.
Felipe no leyó antes porque todavía las letras no entraban en su desarrollo, pero entonces su madre lo hizo por él, una y otra vez, una y otra vez.  Desde tan pequeño Felipe empezó a pensar en las cosas, en las palabras y las cosas, en cambiar el desenlace los cuentos de hadas, en la realidad y la ficción, en las posibilidades que le daba ese inmenso mundo de la imaginación que pusieron en sus manos sus padres y luego sus maestros.  Felipe ahora vuela solo, con maestría y rumbo definido, el de las Letras.
Pequeños Insolentes, es un libro para adultos, para quienes disfrutan el cuento en pocas líneas, donde ocurre un hecho dramático e intenso, muchas veces lleno de terror con desenlace fatídico.  El libro de Parejas atrae por su originalidad, el suspenso que crea y el mensaje que deja al lector.  Uno de ellos es aquel que por más de que los cuentos infantiles nos parezcan terroríficos, cambiar las atrocidades que ocurren solo traería letargo y aburrimiento.  Quizá lo terrorífico atraiga a los niños, y el suspenso y lo insólito atraiga a los mayores, porque nada más espantoso que un lobo que se come a la abuelita, o una vieja bruja que empuja a unos niños al horno, pero a los niños les gusta que se les cuente o lea una y otra vez, hasta sabérselos de memoria. A los mayores en cambio, nos atrae lo extraño, lo sorprendente. Así son los cuentos de Felipe Parejas, algunos de horror, otros son equívocos, como los de los ninjas intergalácticos, propios de su época.
La tapa del libro evoca un par de niños malcriados, pues sí, los cuentos de Felipe son contestatarios, los cuentos no son para niños, son para adultos a quienes sorprende lo abrupto del desenlace, lo mágico de la transformación de aquél guía de expedición arqueológica que se convierte en la propia momia que busca la expedición.  O cuando el cuento va rosa, la mujer es una horrorosa sirena.  Cada cuento en sí es una vivencia, un sobresalto, pero todos los cuentos juntos, inducen al pánico, que por su misma esencia emana una suerte de hechizo macabro. 
Por otro lado, hay detrás de los cuentos un pensamiento filosófico profundo. La Nada, de Revelaciones o los cuentos sobre su propio reflejo en el espejo, hacen detener al lector y sumirlo en reflexión, como cuando leemos “su reflejo se cansó de escucharlo”, o cuando el profesor de Exactas, concluye al final de su vida que “las matemáticas no sirven para nada”, son solo un ensayo intelectual, pues al final, en  el fondo de las cosas: solo hay una maraña de pensamientos.
Finalmente decir que la obra reúne todas las cualidades de excelencia del género cuentístico. Son pequeñas síntesis, son fugaces, con un solo personaje cuya intensidad  desata curiosidad en un corto mensaje y terminan en sobresalto, horror. El lector queda estupefacto, atraído e inmóvil.